La pintura con la frase "JESÚS EN TI CONFÍO" escrita en su borde inferior es conocida por todo el mundo. Así, con rayos luminosos radiantes desde el pecho a través de la túnica ligeramente abierta, ha visto, al Señor Jesús, la monja polaca Sor Faustina Kowalska: llamada por Él mismo "La secretaria de su misericordia". En el número 1732 de su Diario leemos: "Mientras rezaba por Polonia, oí estas palabras: He amado a Polonia de modo especial y si obedece mi voluntad, la enalteceré en poder y santidad. De ella saldrá una chispa que preparará al mundo para Mi Última Venida".

1. ¿PARA QUÉ EVENTOS PRÓXIMOS HAY QUE PREPARAR AL MUNDO?

Los eventos que se avecinan — aquellos que he visto y contemplado en visiones reveladas durante mi niñez — son inevitables. Aun si la gente no quiere pensar en ellos y planea irracionalmente su vida con muchos años de anticipación. E incluso si los gobernantes y políticos juegan con las estadísticas promoviendo precauciones ridículas para el futuro. Pese a ello, yo no soy un "profeta del exterminio". Ese papel ya lo asumió el propio Jesucristo, anunciando "Señales terribles en el cielo" y en la tierra, "La angustia de las naciones por la confusión del bramido del mar y sus olas", y, también, cómo "El miedo y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra hará que los hombres desfallezcan". Yo tengo bien claro que así sucederá, cuando las naciones disparen misiles potentes para destruir el enorme asteroide que se aproxima a la tierra, y éstos fallen el blanco. Así lo he visto en revelaciones durante mi infancia. El impacto del asteroide será inevitable y causará un terremoto que no dejará a nadie en pie. Las olas monstruosas del océano sumergirán las islas y sus aguas llegarán hasta la tierra continental. Luego, los supervolcanes concluirán la obra destructiva a través de terribles sismos y movimientos telúricos. La Virgen de Fátima ya anunció cómo estos cataclismos llevarán a muchas naciones a la aniquilación (aniquilaçao). Así como, de igual manera, ella ha mostrado esta misma aniquilación a sus videntes durante las apariciones de Garabandal (1961-1965) y Akita (1973-1982).

Sin duda, aquellos castigos terribles estarán íntimamente unidos a la Segunda Venida del Señor Jesús: a la llamada Parusía. Ahora, siendo así, ¿en dónde? ¿en qué momento histórico podemos situarlos? Evidentemente, los cataclismos anunciados por el Señor en los Evangelios no tendrían ninguna razón para acontecer durante "el fin del mundo": de ser así, carecerían de una finalidad específica. Pues ¿qué necesidad tendría para purificar la tierra — de esa manera tan dolorosa — si ésta estuviera ya destinada a desaparecer durante el Juicio Final? Debemos considerar, entonces, a la Parusía como un "evento intermedio", que sucederá durante un periodo llamado "el fin de los tiempos" (Isaías 2,2. Jeremías 23,20; 30,24): un momento de la historia previo y distinto al "fin del mundo".

La Parusía aparece claramente como un "evento intermedio" en las fuentes fundamentales de la enseñanza de la Iglesia católica. ¡Sin embargo, hoy la Iglesia casi no dice nada al respecto! La Parusía clama a gritos desde las páginas del Evangelio, el Apocalipsis, los Salmos y los libros proféticos, particularmente desde Isaías. Y ocupa el sitio primordial en las apariciones marianas del último siglo, aun cuando este hecho pareciera ignorado casi a propósito. De tal suerte, se habla siempre erróneamente de la Parusía: como algo que sucederá durante "el fin del mundo", haciendo caso omiso de los mensajes de Fátima, de la Señora de Todas las Naciones de Ámsterdam, de Akita en Japón, de Kibeho en Ruanda y tantos otros.

Si la Iglesia obra así hoy, resulta explicable el descuido grave sufrido por los mensajes de Garabandal en España, Naju en Corea, o Medjugorje con sus diez "secretos" referentes a — qué más, sino: — la Parusía...!

¿Como perdió la Iglesia su actitud de espera frente a la Segunda Venida del Señor, tan característica de los primeros siglos de su historia? ¿Por qué los papas, los obispos y la jerarquía eclesiástica hablan poco de este tema? ¿Acaso ellos no creen, así como creen los "simplones protestantes" denostados por los "sabios y prudentes", que Nuestro Señor está ya muy cerca, casi tocando a la puerta? La respuesta es "Sí...". No meditan, piensan ni hablan acerca de la Parusía porque — repito — la ubican erróneamente junto al "fin del mundo": del cual, ciertamente, "nadie sabe ni el día ni la hora". Y entonces dicen: "Qué importa...! Esto no nos concierne, porque aún habrá muchas generaciones más después de nosotros".

¿Cómo convencer a estos sordomudos de que se encuentran al borde del abismo?! ¿Cómo despertarlos enseñándoles la verdad, sin violar su libertad...?!

La historia se repite, si comparamos la situación actual con la primera venida del Mesías. El Pueblo Elegido — la Casa de Israel — le esperó durante dos mil años, transmitiendo sus profecías de generación en generación, desde el tiempo de Abraham, hasta aquella noche cuando la estrella alumbró a la Belén adormilada. Sin embargo, cuando el Mesías ya caminaba entre la gente en cumplimiento de su misión, los hebreos no le reconocieron. Y lo rechazaron entonces, manchándose con su sangre, así como lo rechazan también hoy. De igual manera, el Nuevo Pueblo Elegido — la Iglesia Católica — vivía, en sus inicios, una espera intensa del retorno de Jesús. Sin embargo, con el pasar de los años, ella se amundanó. Apegándose al mundo, a sus magnates y riquezas, primero dejó de esperar, y, luego, hasta de observar.

La llegada de un nuevo milenio siempre impulsa a la reflexión sobre la Parusía: algunos lo meditan seriamente en sus corazones, mientras otros se burlan con la ironía propia de los ingenuos. Así sucedió con la llegada del año mil (1000 dC) de nuestra era, y, también, aunque con menor fuerza, con la del año dos mil (2000 dC). A decir verdad, Juan Pablo Segundo anunció que la Iglesia, tras el segundo milenio, comenzaría una nueva etapa de su historia: su "primavera" y un Nuevo Pentecostés. Sin embargo, él mismo no profundizó el argumento. Y, así como éste no fue escuchado, tampoco fue comprendido. Así, hoy, los miembros fieles de la Iglesia Católica seguidores de la santa Tradición Apostólica se preguntan: "¿Dónde está la primavera...? ¡Esto, más bien, parece el invierno...!". A la vez que los liberales, los que proclaman la falsa misericordia para todos, los mismos que dudan del infierno, les responden: "Ya está aquí...! ¡Ya llegó la primavera...!".

De cualquier manera, ambos grupos — tanto el de los fieles como el de los liberales — quedan indefensos ante la incógnita del futuro. Incluso si la respuesta a cualquier pregunta al respecto debiera resultar por demás obvia: "El Mesías ya está en camino...!". Y regresa de forma simétrica: tal como la primera vez, tras dos mil años de espera de su Nuevo Pueblo Elegido, la Iglesia Católica. Y, ¿acaso "Encontrará fe sobre la tierra cuando vuelva..."? ¿Quién lo espera...? Esta vez ya nadie podrá ignorarlo o matarlo. Quien lo rechace se condenará solo para la eternidad. Y quien lo acepte con amor podrá formar parte de su Reino en la tierra. A causa de esto, todos cuantos sí aman al Señor Jesús deben hacer todo lo posible para salvar a otros de la condenación eterna. Y, por ese mismo motivo, yo les escribo esta carta a todos ustedes: ¡los que sí aman a Dios!

Durante muchos años, yo también pensé, equivocadamente, que la Parusía sucedería al mismo tiempo que el fin del mundo: incluso cuando Dios me iluminaba de forma excepcional. A menudo, el Señor me portaba hacia el futuro, durante visiones nocturnas: entonces, me hacía mirar los eventos futuros que convulsionarán a la humanidad.

Estas revelaciones de Dios marcaron mi vida de dos maneras: sin duda, me sentí totalmente horrorizado por los cataclismos futuros; pero, también, ¡me alegré sobremanera a causa del cambio total — maravilloso! — que acontecerá pronto sobre toda la realidad: un cambio por el cual alabo y agradezco a Dios. De niño, no sabía cómo entender aquellas visiones, así como no contaba con nadie para hablar del tema. ¡Luego, como adulto fui — y aún soy...! — malinterpretado y víctima de burlas.

Sin embargo, Dios intervino para sacarme de mi error e iluminarme. Lo hizo durante la oración nocturna, en una Iglesia donde yo era el párroco, cerca del año 1983. En cierto momento de aquella noche, Jesús tomó mi espíritu y lo llevó delante de su Majestad. Entonces, "frente a la potencia de su gloria", rodeado por ángeles, el Señor me juzgó. Experimenté aquello llamado por nosotros los polacos mały sąd ("pequeño juicio"): conocido en la literatura católica como "el Aviso", "el juicio de los vivos", o "la iluminación de la consciencia de los hombres". Yo, tras ello, salí corriendo de la Iglesia; por la manera en cómo el Señor me iluminó, pensé que todos los habitantes de la tierra habían recibido aquel mismo don divino junto conmigo. El retorno del Señor será sorprendente para todos: pues la purificación del mundo se halla ligada a un castigo inevitable que terminará sólo tras los "tres días de oscuridad" durante los cuales los humanos rebeldes serán expurgados de la tierra.

Aquel encuentro nocturno con el Señor otorgó sentido a todo cuanto miré y experimenté de niño. Entonces comprendí la transformación prevista por Dios para la tierra, cuando Satanás, "el engañador de las naciones", sea lanzado hacia el abismo (Ap 20, 1-3), y cómo sucederá la derrota de "Babilonia" para la inauguración del Reino de Dios sobre la tierra.

Sólo hoy me siento listo para escribir todo, alentado por mi director espiritual. Quisiera ayudar a la gente a entrar, por medio de la imaginación y sentimientos, a este mundo nuevo. Por ello escribí la novela "Con un ángel, en el nuevo mundo". Es fácil entender por qué evité escribir sobre aquellas tragedias: me resultaba complicado añorar y pensar en todo eso que me causó tanto miedo y — después — alegría.

Solo, yo soy nadie: carezco de autoridad. Por ello, me apoyo en las palabras de la Santísima Virgen María, la Vencedora Reina del Mundo. En el diagnóstico del mundo actual, dado a su hijo fiel, el sacerdote italiano Stefano Gobbi, el cual, durante 25 años, escribió los mensajes — las revelaciones — de la Reina: finalmente publicados en un libro de 600 páginas, intitulado "A los sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen". Libro estudiado concienzudamente por la Congregación para la Doctrina de la Fe, y, posteriormente, publicado sin corrección alguna (salvo en el título). Durante la lectura del libro, comprendamos que los primeros mensajes dados por María Santísima al padre Gobbi datan de hace más de 40 años. Aquel capaz de recordar aquel tiempo de la historia sin computadoras, smartphones y otros tantos "juguetes", ¡que lo compare con el presente!

En este mundo, que se ha vuelto peor que en los tiempos del diluvio, corréis verdaderamente peligro de perderos: en esta vida, caminando por las perversas sendas del pecado y de la infidelidad; y en la otra vida, corréis el peligro de perderos eternamente (Fátima, 13 de octubre de 1982).

Mi Adversario (Satanás) (...) ha conseguido seducir ya con la soberbia. Ha sabido disponerlo todo de una manera inteligentísima. Ha doblegado a su plan a amplios sectores de la ciencia y de la técnica humana, ordenándolo todo a la rebelión contra Dios. En sus manos se encuentra ya una gran parte de la humanidad. Ha sabido atraerse, con engaños, a científicos, artistas, filósofos, sabios y poderosos. Seducidos por él, se han puesto a su servicio para obrar sin Dios y contra Dios (18 de mayo de 1977).

(...) Satanás ha instaurado su reino en el mundo. Ahora os domina como vencedor seguro.

Las potencias que ordenan y disponen los sucesos humanos según sus perversos designios, son aquellas tenebrosas y diabólicas del mal. Han conseguido llevar a la humanidad entera a vivir sin Dios (Santiago de Caravaggio, 13 de mayo de 1993).

La Santa Madre de Dios habla en términos generales. Sin embargo, habla no solo del "mundo", sino también de la "Iglesia" como lugar de sucesos terribles que escandalizan a sus hijos. Hoy, en algunos países, la Santa Comunión se da a los adúlteros y se "bendice" a las parejas de pervertidos. ¡Claro que estos sucesos siembran el horror en muchas personas! Los países católicos se alejan de la fe. Los templos e Iglesias se convierten en restaurantes o en mezquitas. Al mismo tiempo que al catolicismo se le elimina gradualmente de la vida pública: mientras el Islam adquiere cada vez mayores privilegios por parte de los gobiernos seculares. ¿Y qué acaso no sucede lo mismo en los hogares, las escuelas y en los recovecos de los corazones humanos? ¿Cómo pueden decir – tan tranquilamente – algunos sacerdotes que "No sucede nada"? ¿Cómo pueden decir — tan plácidos — que "El mal siempre ha existido y que no hay nada de qué preocuparse"?

Ahora, hablemos de algo positivo, a través del libro del padre Gobbi: los objetivos de la Madre de Dios; el porqué de sus avisos a la Iglesia y la humanidad entera.

Todo está a punto de cumplirse según el designio de Dios. Vuestra Madre quiere encerraros en su Corazón Inmaculado a fin de capacitaros para la perfecta realización del designio divino. En Él resplandece el triunfo de la misericordia del Padre, que quiere conducir a todos sus hijos descarriados por el camino del retomo a Él, que con tanto amor les espera. Por Él se pondrá en marcha la gran hora del amor misericordioso del Hijo que quiere que este mundo, redimido por Él en la Cruz, quede totalmente purificado en su sangre. Con Él llega el tiempo del Espíritu Santo, que os será dado cada vez con más abundancia por el Padre y el Hijo, para llevar a toda la Iglesia a su nuevo Pentecostés (5 de noviembre de 1977).

Será siempre la misma Iglesia, pero renovada e iluminada, convertida por la purificación en más humilde y fuerte, más pobre, más evangélica, para que en Ella pueda resplandecer para todos el Reino glorioso de mi Hijo Jesús (9 de marzo de 1979).

Han llegado los tiempos en que el desierto del mundo será renovado por el amor misericordioso del Padre, que en el Espíritu Santo quiere atraer a todos al Corazón divino del Hijo, para que finalmente pueda resplandecer en el mundo su Reino de verdad y de gracia, de amor, de justicia y de paz (25 de noviembre de 1978).

El Espíritu del Señor preparará la humanidad a recibir el Reino glorioso de Cristo, para que el Padre sea amado y glorificado por todos (7 de junio de 1987).

Toda la Iglesia se convertirá en mi jardín, en el que la Divina Trinidad se reflejará complacida. El Padre se alegrará al ver en Ella el plan de Su Creación perfectamente realizado. El Hijo habitará con vosotros, a quienes el Reino del Padre ya ha llegado. El Espíritu Santo será la vida misma en un mundo consagrado de nuevo a la Gloria de Dios. Éste será el triunfo de mi Inmaculado Corazón (6 de agosto de 1977).

Mi Corazón Inmaculado habrá logrado su triunfo al veros a todos encaminados por la senda de la glorificación del Padre, de la imitación del Hijo y de la plena comunión con el Espíritu Santo (25 de marzo de 1983).

Entonces, dentro de poco tiempo, todos los hombres encontraremos a Jesús, cara a cara: sorprendidos por saber cómo Él nos cargó en brazos cariñosamente durante toda nuestra vida, interesado en todos nuestros asuntos; y cómo, sin embargo, nosotros lo ignoramos. La humanidad piensa que Jesús no existe, y ahoga los remordimientos de consciencia que Él envía como amonestaciones generosas. Durante el Aviso — cuando Dios se dé a conocer a sí mismo — nos amonestará por "última vez", para llamarnos a su lado, hacia el gozo de la eternidad. Este momento no está lejos. Y, de nuestra respuesta, dependerá nuestro destino.

Dios dejará sobre la tierra solo a aquellos que correspondan a su Amor con amor.

Es posible que muchos de ustedes, queridos lectores, permanezcan en la tierra, junto a Dios, para la reconstrucción del mundo basada en los principios del Evangelio. Sobre las cenizas del mundo viejo, construirá el nuevo mundo — uno muy feliz — Ese mundo que yo he visto espiritualmente tantísimas veces. Ese mundo que añoro tanto. Inimaginable; más bello que el presente. Como un gran regalo de Dios, para el final de los tiempos. Y así, antes de que el mundo deje de existir, la humanidad gozará brevemente en esta etapa única: suficiente para saber cómo podría ser la tierra, si todos respetásemos a Dios y a sus mandamientos.

2. NUESTRA PREPARACIÓN PERSONAL

Me refiero — obviamente — a la preparación espiritual: no al almacenamiento de víveres, provisiones, baterías u otros preparativos. Nada de eso. Realmente, como se entiende desde el principio, hablo de lavar nuestra alma en la Sangre del Cordero, mediante el Sacramento de la Penitencia, en el confesionario, y la vivencia cotidiana de la Gracia Santificante. Una vida digna bajo la custodia de Dios. Nuestro Dios que, siendo Uno y Trino, quiere vivir en el alma de sus hijos libres de pecado.

¡Ay de aquel viviendo cotidianamente en pecado grave! Pues ha destronado a Dios de Su puesto legítimo en el Santuario del alma, entronizando, en lugar, ¡a Satanás! Pronto, durante la Parusía, el pecador empedernido contemplará la monstruosidad de su "dueño infernal" y la asquerosidad de su traición a Dios: ¡el terror que sentirá será inimaginable! Algunos, incluso, morirán a causa del horror provocado por la contemplación de sus propios pecados. Y así permanecerán por siempre, en la eternidad, presos de aquel estado.

Si alguno duda sobre la calidad o la eficacia de sus confesiones pasadas, o sobre su propio estado de gracia — por ejemplo: si no se recuerda con certeza el haber mencionado todos sus pecados al sacerdote; si no está plenamente seguro de haber sentido arrepentimiento sincero sobre sus faltas; o acaso si tenía intención real de no ofender a Dios nuevamente — debe confesar, otra vez, todo aquello que le cause alguna duda. Si parece que esta "confesión general" resultaría demasiado larga en tiempo, lo mejor es acordar una cita privada con el sacerdote — en vez esperar en la fila del confesionario — y llevar algunos pecados anotados en una hoja de papel, para facilitar el proceso.

¿Y qué deben hacer esas personas que, a causa de sus estilos de vida y sus propias decisiones, se han imposibilitado el acceso a los Sacramentos? Acercarse nuevamente con la ayuda de Dios, romper cabalmente con sus estilos de vida y relaciones pecaminosas, incluso a costa de grandes sufrimientos; como una amputación (sin anestesia) de un ojo o un miembro (Mc 9,43-48). Es mejor romper con cualquier relación, que vivir una existencia de esclavo: preso por la trampa diabólica de justificar los propios pecados. Trampa para la cual el demonio — cazador hambriento de almas — propone cientos de atractivos pretextos: "Las circunstancias me superan, esto es más fuerte que yo...", "Dios no pide cosas imposibles...", "Así es mi naturaleza: así me creó Dios...", "Un poco de placer, ahora, ya después haré penitencia...", "No puedo dejar esta persona, porque la lastimaría y la haría sentir triste con nuestra separación...". ¿Acaso las parejas tienen la vocación de hacerse infelices y llevarse – mutuamente – al infierno?

A quien parezca difícil esta realidad — la de "amputar" de su vida las relaciones y estados de vida pecaminosos — le aconsejo imaginar que, en este preciso instante, su corazón se detiene, y consecuentemente, muere (¡podría suceder en cualquier instante...!). Una vez muerto, permanecerá en ese mismo estado espiritual para siempre: no habrá marcha atrás. Esto es sólo una pequeña prueba impuesta por el Señor, antes de la Parusía. En su momento, durante el Aviso, Él mismo nos dará el "ultimatum" para la elección definitiva de nuestra forma de vida: y aceptará nuestra respuesta.

¡Vale la pena responder, desde ahora! ¡Dar asentimiento a la voluntad de Dios! Él espera nuestra respuesta (tal vez, desde hace ya muchos años...).

¿Aún resta tiempo? ¿Podemos hacer algo todavía? Sí. Sumergirnos profundamente en el arrepentimiento sincero por nuestros pecados (eso llamado, por la Iglesia, "contrición"). Sin embargo, el arrepentimiento, por sí solo, no basta: el pecador requiere la voluntad de mejorar, de abandonar las situaciones y circunstancias que le mantienen atado al pecado. Para ello, debe suplicar seriamente a Dios, por una salida: así, el Señor resolverá el problema como Él mismo quiera, y guiará a esta persona hasta que deje de pecar. Dios escucha siempre este tipo de oraciones y brinda respuestas inimaginables para cualquiera. Su Misericordia es infinita para las personas que entran en el camino de la conversión. Dios es Justo con todos, por eso, los pecadores arrepentidos deben buscarlo ellos mismos, por su propia iniciativa. Hay que evitar el pecado contra el Espíritu Santo: la desesperanza infundada — y hoy malintencionada — contra la Divina Misericordia. Todo lo contrario, a la falsa "misericordia para todos" (que rechaza el arrepentimiento) proclamada por algunos religiosos.

Otra posibilidad futura — remota: que no depende de nos; por lo tanto, "arriesgada"; que resta solo en las manos de Dios — consiste en llegar justo hasta el momento previo a la muerte. Presos de una enfermedad fatal, por ejemplo: circunstancia extrema, cuando cualquier sacerdote posee el derecho de dar la absolución. Durante la Parusía — cuando estará en riesgo el destino eterno de todos los habitantes de la tierra — los sacerdotes se verán sobrecargados en los confesionarios, a causa de las filas gigantescas — enormes! — de penitentes. Y no podrán confesar a todos. Y ahí también las condiciones para el perdón de los pecados serán las mismas: la contrición y el propósito de enmienda. Sin estas condiciones Dios no concederá el perdón de las faltas cometidas, incluso si el sacerdote pronuncia la fórmula para la absolución: los adúlteros no podrán recibirla, sin haber abandonado las relaciones sexuales con su "pareja"; ni los drogadictos y alcohólicos, sin abandonar su vicio. En conclusión, no debemos esperar pasivamente aquello que sucederá en el futuro. Nuestra conversión nos compete a nosotros mismos; el esfuerzo por abarcar todas las posibilidades. "Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo conquistan por la fuerza" (Mt 11,12). Todos, independientemente del estado de su alma, deben orar por su conversión final y persistencia en la gracia santificante.

"El agua apaga un fuego ardiente, y la limosna expía los pecados", dice el libro de la Sapiencia (3,29). De repente, todos en el mundo se verán con las manos vacías. Irán hacia los bancos para sacar dinero, pero volverán con las manos vacías para siempre. La vida en las ciudades se paralizará y la gente las abandonará (incluso antes de la explosión de los supervolcanes y la sacudida de los terremotos). No diré nada sobre lo que sucederá después. Sin embargo, los aliento a que abran las puertas de sus "graneros" para los más necesitados. Si los abren de corazón y con generosidad — no solo dando lo sobrante y lo indeseado — sus Ángeles Custodios escribirán estos hechos en el libro de sus vidas, para la eternidad. Así compensarán, ante Dios y el prójimo, las faltas de amor y el egoísmo, evitando muchos años de penitencia en el purgatorio. Esto aplica a todos, no sólo a los abusivos. Realmente, "la limosna expía los pecados".

¡Ay, también de aquellos confiados en sus riquezas como "garantía del futuro"! Nada más equivocado que esto, sobre todo ahora. Sus fantasías, como coloridas burbujas de jabón, terminarán mal. E incluso dirán algunos "Qué bueno que nos adviertes, ¡voy corriendo al banco por mi dinero...!", "Muy bien. Entonces, ¿qué tengo que comprar o en qué invertiré ahora...?". Pobres criaturas. ¡No piensen así...! Les aseguro que, en el mundo nuevo, aquello no será útil ni servirá para nada.

Pues no existirá dinero, ni propiedad privada. Todos los documentos de deuda e hipotecas serán quemados. Nadie litigará por un pedazo de tierra. Y nadie irá hacia los tribunales, porque no existirán más. La gente tendrá todo en común, como en un gran monasterio, y el compartir con generosidad será causa de gran alegría. Todas las necesidades serán saciadas. Les doy un consejo sensato: la mejor manera de invertir: Si no tienen pobres en derredor, o enfermos, o gente sin hogar, gente abandonada necesitada de ayuda, donen sabiamente a las fundaciones encargadas de ayudarles. Las órdenes religiosas que participan en las misiones muestran a todos sus números de cuenta bancaria, para la recepción de donativos. ¡Ayuden ahora, mientras aún queda algo de tiempo!